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En la vida ganan los malos30/03/2005

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Hace unos meses apareció en la prensa un estudio europeo que ponía en tela de juicio la fama de vagos de los españoles. Según dicha encuesta, los españoles éramos los ciudadanos de la Unión Europea que más trabajábamos; o, por expresarlo con exactitud, éramos los que más tiempo permanecíamos en el lugar de trabajo. Es decir, los más bobos. No recuerdo los porcentajes, pero los alemanes pasaban mucho menos tiempo que nosotros en su lugar de trabajo, pese a que su productividad era mayor, y recordé que un amigo español emigrado a Alemania me contó que sus jefes le abroncaron una vez por permanecer en la oficina más tiempo del que exigía su contrato laboral con el argumento de que, caso de aparecer un inspector de trabajo, no habría excusa posible y la empresa tendría que afrontar una sanción nada despreciable.

No sé cuántos inspectores de trabajo hay en España ni a qué se dedican, pero los abusos de algunas multinacionales son escandalosos. La política de las empresas ubicadas en España consiste en que cuanto más tiempo pasa el empleado dentro de la oficina, mejor; aunque no haya nada que hacer. Existe una competición silente entre empleados para ver quién aguanta más, quién es capaz de pasar más tiempo perdiendo el tiempo, valga la redundancia, y, cuando uno se marcha a la hora, parece un hereje que mereciera la peor reprobación, aunque haya cumplido eficazmente con su cometido y los que se quedan estén navegando disimuladamente por Internet.

Los alemanes, sin embargo, mucho más prácticos, cumplen con su jornada laboral y se van a casita sin concesiones a la estupidez. Nosotros no. Se trata de estar ahí, de demostrar que uno prefiere la oficina al hogar o a la calle; que uno sacrifica su ocio para mayor gloria de la empresa a la que sirve, ese dios moderno que en España no pide productividad sino mansedumbre.En este clima de necedad generalizado no es extraño que el mobbing se haya extendido como una perversa mancha de aceite por el panorama laboral español.

Frente al trabajador honrado que cumple con su tarea y desea regresar a casa para estar con sus hijos, tomarse una cervecita, leer, ver la tele o lo que sea, los acosadores laborales padecen lo que en psicología se llama mediocridad inoperante activa; es decir, son trepas que ocultan su incapacidad laboral con un juego sucio que busca arruinar emocionalmente a sus subordinados o compañeros de trabajo, induciéndoles a cometer errores, aislándolos del resto, calumniándolos, asignándoles tareas absurdas o sobrecargándoles de trabajo; personalidades controladoras, oportunistas y paranoicas capaces de permanecer en la oficina las 24 horas del día con tal de adular al de arriba y machacar al de abajo y así enmascarar su manifiesta ineptitud.

Estos tipejos, que campan a sus anchas también en la Administración, se desenvuelven como peces en el agua en el incumplimiento de horarios, son incapaces de coordinar el trabajo de sus subordinados y de asignar tareas de manera ordenada y lógica, porque es en el caos –que suelen fomentar para luego aparecer como sus mayores detractores– donde su perfil inoperante se diluye mejor.

Dicen los expertos que muchas veces la única manera de escapar del mobbing es cambiando de trabajo. Este consejo es razonable, pero me cabrea: demuestra que en la vida, al contrario que en las películas, ganan los malos.

¿Por qué los sindicatos, antes que hablar de las 35 horas, no exigen primero el cumplimiento efectivo de las 40 horas actuales? Si las empresas tuvieran que sacar rendimiento de sus trabajadores dentro del estricto horario laboral, la capacidad de hacer daño de estos canallitas se vería seriamente mermada. Inspectores, sindicatos: guerra sin cuartel contra los acosadores.

Hay que intentar que ganen los buenos, maldita sea.